VI. LA REVOLUCIÓN CONTRA EL OLVIDO Y LA IMPUNIDAD

“¿Sabes lo que dicen de nosotros? Que nos paga Estados Unidos y otras países por sabotear al gobierno. ¿Dónde está todo ese dinero que nos envían? Porque aquí yo no veo nada”. La periodista Mass mira a su alrededor, donde solo hay míseras tiendas de campaña con viejas alfombras y colchonetas sobre las que duermen algunos de los activistas. En las que se cocina, sacos de arroz, legumbres y patatas. En los puestos de socorro, apenas algunas cajas de ibuprofeno, vendas y paracetamol.

En uno de ellos, muchachos vendan la cabeza y la pierna a un joven con el cuerpo lleno de cardenales con la forma alargada de las porras con las que, dice, policías le pegaron la noche anterior durante horas. Lo detuvieron cuando un edificio cercano a Tahrir salió en llamas y le golpearon hasta que se cansaron de ordenarle que admitiese que era uno de los responsables del incendio. Resulta obvio que no tiene nada más en este mundo que esta revolución. Detrás de él, un folio pegado a la pared de plástico de la tienda pide a las Naciones Unidas que investigue los crímenes cometidos contra los manifestantes pacíficos. Un grito que se repitió durante los primeros meses de la protesta y que ya todo el mundo ha olvidado. No esperan nada de la comunidad internacional. “Estamos completamente solos”, espeta desesperanzada una de las enfermeras. “Nos han dejado completamente solos”, repite.  

Horas más tarde, cuando acompañe a la Policía al otro lado de la barricada de bloques de hormigón desde la que se libra la batalla de piedras contra balas, los agentes me pedirán que les grabe mientras reciben una lluvia de pedruscos sin que actúen. Tras días asistiendo a la violenta represión empleada contra los manifestantes, comprobar el teatro que han decidido montar para la visita de esta periodista resultaría jocoso si no fuese por las sangrientas consecuencias de todo lo ocurrido. 

Dos días después, el fin de semana del 29 de febrero, tres jóvenes serán asesinados y decenas heridos. Pero hace semanas que el número de muertos no resulta suficiente para atraer la atención de los medios internacionales. Ni siquiera en España, una de las principales potencias responsables de la invasión de 2003. No solo el coronavirus está acabando con la revolución de Tahrir, también el virus más letal y extendido en la actualidad: el de la desmemoria y la impunidad.